Jamas pensé que diría esto pero... En todos mis años de intrépido explorador jamás había visto algo parecido. Me había enfrentado al temible tábano pirenaico y pensé que era lo último que hacía en mi vida. Escapé por los pelos de las garras de la muerte tras enfrentarme al cuc de terra. También creí expirar mi último aliento tras ser atacado por la ferocidad personificada en aquellas ardillas pero esto... Esto sobrepasaba mi sobrada preparación. ¿Como íbamos a escapar con vida?
Habíamos apuntalado el nuevo refugio sin apenas permitir el paso al más mínimo resquicio de luz. Nos habíamos asegurado de rociar las inmediaciones de la casa con gasolina para eliminar el olor a ser humano que tanto les gusta y que tan facilmente detectan. Además en caso de necesidad teníamos previsto prenderlo y abandonar el refugio dejando atrás el crepitar de sus rígidos cuerpos ardiendo. Parecía que estaba todo controlado, que no nos encontrarían y de hacerlo... morirían en el intento. Todo fue inútil.
Cuando cayó la noche y empezábamos a relajarnos. Algunos incluso habían conseguido conciliar el sueño. Cuando parecía que realmente esta vez todo había terminado; se oyó ese familiar lamento rompiendo el silencio de la noche. UUUUUUUUH! decían EEEEEEH continuaban, UUUUUURG proseguían, así hasta llegar al circulo de gasolina que establecía la última frontera entre los tuduyanguels i nuestro refugio. Todo el protocolo marcado se puso en funcionamiento sin errores pero no sirvió de nada. La implacable horda avanzaba impertérrita envuelta en llamas hacia nosotros con su peculiar y terrorífica postura. Impasibles se golpeaban incesantemente con sus cabezas ardiendo contra las paredes de la casa ante nuestros ojos atemorizados de mirada estupefacta. Caían, se levantaban, golpeaban... caían, se levantaban, golpeaban... Una y otra vez sin descanso hasta que el refugio comenzo arder. Estamos encarcelados en nuestro propio santuario. No podemos salir JODEEER! NO podemos salir....
Volsbevak
No hay comentarios:
Publicar un comentario