Poca gente imagina que las tortugas son voraces depredadores sin escrúpulos. La apacible apariencia de éstos galápagos hace creer a la mayoría de personas que se alimentan únicamente de verduras y hortalizas, pero las tortugas de tierra, además de vegetales también comen insectos y pequeños moluscos. Son por tanto, animales omnívoros que cazan tanto como “recolectan”. Y créanme si les digo que cualquiera que haya visto alguna vez a una tortuga devorar un caracol, no podrá olvidar jamás el despiadado espectáculo.
Una vez que la tortuga divisa a su presa, el caracol, se inicia una lenta carrera mortal hacia la supervivencia de la especie. Cuando las sensibles antenas del caracol detectan el torpe caminar del galápago, hasta el último átomo del molusco se pone en estado de alerta acelerando su otrora perezoso metabolismo en un 200%. Esta lenta persecución guarda cierto paralelismo con las crudas imágenes, que muchos lectores habrán visto en televisión, de la caza de la gacela Thompson por parte de las leonas de la sabana africana. La relatividad de factores como la velocidad, el tiempo o el espacio no restan crudeza al ancestral hábito de las tortugas de alimentarse de caracoles.
El caracol trata por todos sus medios de zafarse de su depredador, pero es inútil, la tortuga siempre saldrá victoriosa en ésta cansina carrera por la vida. La velocidad media de una tortuga de tierra supera en 0,04 metros/minuto la velocidad de un caracol común, así que es una cuestión de tiempo que el depredador alcance a la presa. Un mecanismo de defensa empleado por el caracol para tratar de salvar su viscoso pellejo es dejar un reguero de pegajosas babas tras su paso. Efectivamente, las patas de la tortuga se adhieren al suelo haciéndole perder velocidad punta, pero inexorablemente la tortuga acabará alcanzando al caracol tarde o temprano.
La lenta carrera por la supervivencia es tan duradera que si se diera el caso, depredador y presa tendrían tiempo de sobra para alcanzar un acuerdo beneficioso para ambas partes mientras “corren”. Pero por todo el mundo es conocido que las tortugas no son muy dadas al diálogo ni a la negociación.
Aunque el caracol trate de ponerse a salvo escondiéndose en su concha, las hábiles extremidades de la tortuga se introducen en el orificio de la concha del molusco desgarrando su pulpa y obligándole a salir despavorido de su refugio. El caracol sabe que encerrándose en sí mismo nunca solucionará sus problemas.
El biólogo australiano Richard Dreyfus, descubrió que algunos caracoles, haciendo uso de sus habilidades hermafroditas, instantes antes de morir cambian de sexo tratando de seducir a sus agresores para hacerles cambiar de opinión. Pero es en vano, como ya se ha dicho, las tortugas no tienen escrúpulos y su negro corazón es más duro que su coraza.
Cuando finalmente la tortuga atrapa a la presa, guiado por su instinto de supervivencia y por el hambre resonando dentro de su caparazón, el galápago clava sus verdes dientes de tortuga en el gelatinoso cuello del caracol y lo retuerce espasmódicamente hasta la extenuación. Se trata de una muerte lenta, blanda y despiadada.
J. Dalton

No hay comentarios:
Publicar un comentario