El tío de la flauta de plástico ha dejado por fin de arrastrase por las calles de la ciudad. Al contrario de lo que predijo el hombre del tiempo, la noche es húmeda, y una fantasmagórica neblina empieza a levantarse para hacer que el frío de diciembre cale bien en los huesos de las pocas personas que hay por la calle. Cuando encuentra una esquina más o menos parapetada por un par de balcones, se deja caer como puede con su manta mugrienta. Jaco se lo queda mirando con una oreja caída y la otra levantada, da un par de vueltas sobre sí mismo y se desploma con todo el peso de su sarna a los pies del indigente. Si los chuchos pulgosos pudieran leer el lenguaje corporal de sus dueños y darle un significado más o menos acertado, Jaco comprendería que la cabeza echada hacia atrás, las piernas abiertas y estiradas sobre el suelo en toda su longitud, y las manos en los bolsillos del chaleco claveteado imitación cuero significan: “No tengo comida, no tengo ni un duro y voy con un ciego de no recuerdo qué, así que me importa un carajo si tienes hambre. Más te vale quedarte ahí tumbado sin molestar”.
Recuperando ligeramente la consciencia, el tío de la flauta de plástico intenta entonar una melodía con su herramienta de trabajo, pero cuando se ve con ella en la boca cae en la cuenta de que está tirado en un lugar que desconoce. Tratando de ubicarse mira al cielo, y entonces pasa lo que pasa. En la luz de la enorme luna llena se recorta la extraña silueta de un objeto volador, formado aparentemente por un carro tirado por varios cuadrúpedos, manejado por un gordo y cargado con paquetes. De repente el objeto volador desaparece, y cuando el tío de la flauta de plástico casi olvida lo que acaba de contemplar, ante sus narices aterriza el gran trineo rojo arrastrado por renos. El conductor se apea y se le acerca. El perro se levanta curioso con la intención de olerle el culo al animal de la nariz roja, pero sale corriendo cuando éste le gruñe en la cara. El gordo se detiene ante él, y el tío de la flauta parece despertar de su letargo.
- Yo a ti te conozco –dice–, tú eres Papá Noel.
- Y yo a ti –le contesta–, tú eres José Antonio, aunque ya nadie te llama así.
- En realidad señor, ya nadie me llama de ninguna manera.
- Sí, lo sé –apunta amasando su densa barba blanca con una mano–. Por eso he venido a verte, sé que hace tiempo que no te visito, hace años que no te regalo nada. Pero aunque yo sea quien soy, no puedo estar en todo, ¿sabes?
- Bueno no te preocupes –se incorpora ligeramente y se sienta con las piernas cruzadas–. Pero oye tío, no te quedes de pie, siéntate aquí. ¿No tendrás un porro? ¿Y un piti por lo menos?
- No –exclama Papá Noel enlazando tres oes en una gruesa risotada–. No tengo tiempo para sentarme. No he venido para traerte ese tipo de cosas, sólo he bajado un momento para darte un regalo.
- Hostia, tranquilo, no tenías que molestarte.
- No es molestia, lo hago porque te lo debo.
- Bueno –contesta extrañado el tío de la flauta de plástico–, pues si me lo debes adelante, pero yo no recuerdo haberte dejado nunca nada.
- No, no se trata de eso.
Mientras termina la frase saca de su bolsillo un bastón de caramelo y se lo ofrece. Contempla la extrañada reacción del pobre desgraciado, quien justo cuando logra entender con qué le están obsequiando, alarga su brazo y acepta la extraña ofrenda.
- La verdad –dice éste–, yo te lo agradezco, pero hubiera preferido otro tipo de caramelo, ya me entiendes.
- Ay José Antonio –vuelve a soltar una de sus características carcajadas de abuelo gordo bonachón–, si yo no tuviera que abandonaros tan pronto, si no dejara de haceros regalos cuando os avergüenza sentiros como niños, no tendríais que buscar otro tipo de caramelos.
- No se ponga moralista.
- No, no me malinterpretes –aclara–, quiero decir que todo el mundo tiene un niño dentro y…
- Bla, bla, bla.
- Oh, espera, espera. Déjame terminar. Todos dejáis de ser niños un día u otro, y ya no me pedís más caramelos. Preferís entonces asiros a otras necesidades, cada uno a las suyas. Yo, de vez en cuando, como me siento culpable por cómo se comporta la gente cuando deja de creer en mí, cuando ya no tengo tiempo para acercarme a vuestras casas para alimentaros la ilusión, me tengo que redimir. Y este año te ha tocado a ti José Antonio.
- Mira, creo que yo estoy donde estoy porque es la vida que me gusta seguir.
- ¿Y no querrías volver a ser niño para hacer las cosas de otra manera?
- No –contesta decidido el tío de la flauta de plástico–. ¿Para qué? Sí, sé que me meto mierda, como mierda y duermo entre la mierda. Sé de sobras que soy un tío mierda que va a todas partes con un perro de mierda –carraspea e intenta poner al tono de su voz algo de dignidad–. Pero escúchame bien, no cambiaría mi vida por nada del mundo, y mucho menos volviendo a mi infancia: el colegio, las broncas y los hermanos pegones y… tantas otras cosas. Todo para cambiar una vida que, aunque sea una puta mierda, es la mejor que he podido tener. Ni lo sueñes.
- Está bien –contesta aparentemente compungido Papá Noel–, si esa es tu manera de verlo yo no te voy a llevar la contraria. Siento haberte molestado.
- Tranquilo, por lo menos ha sido entretenido.
Sin pronunciar una palabra más el tío de la flauta de plástico encaja su cuerpo en la esquina tumbándose en posición fetal y se tapa con la manta mugrienta. Mientras tanto el simpático tipo gordo de la barba blanca ya ha subido a su trineo y ha dado la orden a Rudolf de arrancar para continuar con la ruta planeada. Se eleva y poco a poco desaparece en la noche sin que el pobre desgraciado que descansa en el cemento le haya prestado atención. Entre sueños se disipan lentamente los efectos de las drogas. Medio dormido intenta pensar, y se convence a sí mismo de que todo ha sido fruto de lo que se ha metido, sea lo que sea. Segundos después aparece el sarnoso Jaco no se sabe de dónde, se acerca a su dueño y antes de echarse a su lado olisquea el bastón de caramelo que tiene fuertemente asido entre sus manos.
Chuelo

No hay comentarios:
Publicar un comentario